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Jardín de Larra: un auténtico basurero

O esa es la imagen que ofrece actualmente este emblemático y céntrico jardín de Madrid. Y más céntrico, prácticamente imposible: de norte a sur, y en el sentido de las agujas del reloj, se encuentra delimitado por las calles de Requena, Rebeque, Factor, Almudena y Bailén.

Este empinado jardín, recibe su denominación por el busto broncíneo de Larra, fundido en 1927, situado en la parte inferior del mismo, y aledaño a la célebre calle de Bailén. El lamentable fin autolítico del «pobrecito hablador» parece insinuarse en el leve giro de su mirada hacia la izquierda, en dirección del viaducto, malhadado trampolín para incontables suicidas que decidieron poner término a su desesperanza vital entre los años 1874 (año en que se inauguró el primer viaducto construido en hierro) y 1998, fecha en que se instalaron los paneles de metacrilato, tan denostados por madrileños y visitantes, pero que cumplen una efectiva labor disuasoria para las almas astragadas que acudieran a este ámbito de la ciudad con el propósito de finalizar con sus angustias terrenales.

Los notables ejemplares de cedros del Líbano que otorgan sombra y frondosidad a este jardín, han sido recientemente tratados por el Ayuntamiento contra la plaga de la oruga procesionaria, al igual en que años anteriores… Y parece que ahí termina prácticamente la labor de mantenimiento por parte del consistorio. El jardín muestra un estado de desidia y abandono realmente espeluznantes. El pasado sábado 25 de mayo, paseando por el sendero central del jardín, que permite el acceso al yacimiento arqueológico del pretil-muralla, y de la muralla emiral (esta última de momento enterrada hasta que se apruebe el proyecto de excavación y puesta en valor), no pude dejar de experimentar vergüenza propia y ajena ante el lamentable estado de desidia que muestra el jardín. Esperaba que fuera algo puntual y a lo largo de la semana laboral se pusiera solución por parte de las administraciones responsables, al increíble grado de suciedad que muestran las praderas del jardín. Evidentemente, nuestra sociedad muestra un preocupante problema de urbanidad, respeto, educación, y de carencia de disciplina cuando existen ciudadanos -en el sentido de personas cívicas que respetan las normas y son titulares de derechos y DEBERES- que no respetan los bienes patrimoniales comunes, como son, por ejemplo, los jardines públicos. En mi niñez (y nací en 1965), yo recuerdo perfectamente que, visitando el parque del Retiro o la Quinta de la Fuente del Berro (el parque de mi barrio), a los niños no se nos ocurría ni rozar una brizna de hierba de los parques… Si una pelota se te escapaba y tenías que recuperarla de la pradera de césped, lo hacías con toda la celeridad posible, y no pocos nervios. En algunos casos (y yo no era lo que se dice un niño travieso ni desobediente) en que eras sorprendido rozando una «verde pradera», se acercaba presto, tocando insistentemente el silbato, uno de los guardias que vigilaban dichos parques, cuyo aspecto impresionaba: portaban un gran sombrero, una recia guerrera marrón, chaleco rojo, gran correa en diagonal sobre el pecho, con su correspondiente placa, y el gran chuzo en la mano derecha. El rapapolvo que te soltaba era antológico, y volvías corriendo a casa, o al amparo de tus padres, si estos te acompañaban.

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El césped es delicado y muy caro de mantener… Esto no es el Reino Unido. Y no es extraordinario en estos tiempos de libertad que familias al completo disfruten de una jornada, a veces con «pic nic» incluido, en plena pradera de césped, independientemente de que el jardín tenga protección añadida por ser histórico.

Bien, pues algunos usuarios del jardín de Larra, no se respetan ni a sí mismo, ni a sus conciudadanos, ni a los bienes comunitarios…

Me puse a impresionar algunas fotografías para tener constancia del desaguisado que se observa en este jardín para vergüenza de los madrileños, que muchas veces nos vanagloriamos de nuestra ciudad. ¿Cómo es posible que esta jardín, inmediato a la sede de la Jefatura del Estado, como es el Palacio Real, uno de los mejores palacios regios barrocos europeos, y también a la cabeza archiepiscopal madrileña, como el la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, e, incluso, a escasos 60 metros del Palacio del Duque de Uceda, sede del Consejo de Estado, y de la Capitanía General de la Región Centro, muestre idéntico aspecto que un vertedero?

Aparte de los ciudadanos que ensucian sin ningún miramiento, ¿qué Administración Pública está haciendo dejación de sus funciones? ¿Patrimonio Nacional? ¿Ayuntamiento? ¿Están absolutamente delimitadas las competencias en este concreto ámbito urbano? Vigilancia extrema: el Palacio Real, sede de la Monarquía Hispánica, es frecuente centro de recepción de Jefes de Estado y de primeros ministros de todo el mundo, y asisten a las cenas de gala que ofrece nuestro Jefe de Estado, el rey de España… Por no hablar de las incontables presentaciones de cartas credenciales, por parte de los embajadores recién nombrados. Y no son escasos los grupos de turistas que atraviesan el jardín por su senda central, atónitos ante el vergonzante estado de suciedad que muestra. Guardé las fotos, pero me he decidido a publicarlas, porque dos semanas después de ser captadas, el panorama no ha mejorado en absoluto; al contrario, ha empeorado. Quien quiera pasar un mal rato, que se acerque por allí y pasee por el sendero central. Me harté de sacar fotos, y paré por no seguir aburriendo y por agotar el carrete…

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Julio Real González

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