Quizás su nombre no les diga nada, aunque su figura fue muy popular en los rincones de nuestra villa. Manuel Amago Fuertes, Manolo para sus más cercanos, fue sereno, aquella entrañable presencia que, con la gorra en la testa y el chuzo en la mano, daba conversación y seguridad a los viandantes que deambulaban por las calles madrileñas en las noches de antaño, abriendo los portales a quienes llegaban cuando los porteros ya habían echado los cerrojos.

Un oficio cercano en las noches madrileñas
Manolo, sin embargo, no fue un sereno cualquiera. Le tocó ser el último, el que puso punto final a un oficio. A finales de la década de 1970, el cuerpo de serenos fue suprimido. Aunque muchos se reciclaron en porteros o vigilantes de comunidades, Manolo no quiso apartarse de su trabajo y, pese a ganarse la vida como vigilante de seguridad en una empresa cercana a las calles en las que ejerció su oficio, siguió desempeñando su función, por su cuenta y una vez terminada su jornada laboral, hasta que la edad le obligó a retirarse. Entre medias, acompañaba a los vecinos, los escuchaba, hablaba con ellos y los ayudaba en más de un trance.

Un oficio heredado, una afición convertida en trabajo
Natural del concejo asturiano de Cangas del Narcea —¡cuántos serenos venían de la tierrina!—, heredó el puesto de su padre, también sereno como él. Tenía 22 años y acababa de llegar a Madrid tras cumplir el servicio militar. Su área fue la zona de Manuel Becerra y el parque de Eva Perón, cuyas puertas estaba encargado de cerrar diariamente, rondando además la avenida de los Toreros y las calles de Cartagena, Francisco Silvela y doctor Gómez Ulla, entre otras. En esta última, entre los números 8 y 10, los vecinos colocaron una placa en homenaje a uno de los personajes más queridos del barrio. Un caso poco frecuente en nuestra geografía: que se recuerde a alguien en vida y no se espere a que sus huesos reposen en su tumba para rendirle los honores que mereció a lo largo de su carrera.

In memoriam…
El 26 de agosto de 2025, Manolo Amago nos dejó para siempre, a los 98 años de edad. No es solo la desaparición física de una persona: su marcha lleva implícito el fin definitivo de un oficio que, durante años, hizo sentir su presencia en las calles madrileñas. Sus vecinos, aquellos que ya le recordaron en vida, le rindieron un último homenaje, colocando algunas esquelas y un ramo de flores en el mismo portal en que colocaron la placa. No hay duda de que nunca olvidarán a Manolo Amago. el último sereno de Madrid.

Es el fin de una época.
Descanse en paz, Manuel, Manolo, Amago Fuertes.
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