Madrid, una Historia de bigotes (XIV): Pinceladas del reinado de Isabel II en la Villa y Corte

Esta reina inició su mandato con tres años de edad, por lo que tuvo que actuar como reina regente María Cristina, viuda de Fernando VII. El nuevo periodo que estaba a punto de empezar para España tendría muchas carencias, aunque en comparación con los reinados de Carlos IV y Fernando VII hubo que agradecerle cierta apertura al comercio con el extranjero y a la industrialización.

Isabel II tal como la retrató el alemán Franz Xaver Winterharter a mediados de su reinado, en el año 1852. (Palacio Real de Madrid)

Isabel II tal como la retrató el alemán Franz Xaver Winterharter a mediados de su reinado, en el año 1852. (Palacio Real de Madrid)

La llegada al trono de Isabel II iba a suponer, además, la continuidad de la lucha entre las “dos Españas” que ya habían quedado definidas desde las guerras napoleónicas, pues una rama de la aristocracia y del ejército, la más liberal, apoyó a Isabel, mientras que los deseosos de continuar con las políticas represivas fernandinas apoyaron a otra rama de los Borbones, la de Carlos María Isidro, de ahí que se conociera como “carlistas” a sus seguidores. Los carlistas montaron varias guerras contra el trono oficial español, la primera de ellas a partir de ese mismo año 1833.

La niña-reina Isabel II fue la esperanza de los liberales para que España pudiera tener en la década de 1830 la modernizacion que no pudo tener en las cuatro anteriores. Volvieron algunos de los exiliados que habían llenado de acento español las calles de Europa, y la vida cultural renació en los cafés, como el de Pombo, situado en la calle Mayor, y el del Príncipe, junto al Teatro Español.

Los liberales no eran un bloque unitario, sino que en él se distinguían dos partidos, el moderado y el progresista, que irían alternando a lo largo del reinado de Isabel II, que se prolongó hasta el año 1868, aunque las preferencias de la reina y sus camarillas y de gran parte del ejército hicieron que el partido moderado fuera el hegemónico la mayoría de las veces. Constituían el partido de los moderados, -cuyo órgano de opinión solía ser el diario La Época– las clases propietarias, y cierta aristocracia de la riqueza y del intelecto, como Martínez de la Rosa o Alcalá Galiano. El partido de los progresistas lo formaban clases medias con fé en la soberanía popular y en la revolución, y entre ellos se hallaban figuras como Madoz, Prim o Lafuente. Su periódico era La Iberia. A pesar de las restricciones y censuras, como las que impuso el ministro Nocedal, la de Isabel II fue una época de enorme actividad periodística.

El nuevo reinado trajo innovaciones a Madrid desde dos frentes: desde la política puramente local y desde la nacional con influencias en la capital. En el ámbito local, en 1834 el corregidor Joaquín Vizcaíno, marqués de Pontejos, introdujo el actual sistema de numeración de los portales de las casas, con los impares a un lado, los pares a otro y la cuenta avanzando desde el extremo de la calle más cercano a la Puerta del Sol. Era un sistema mucho más aclarador que el de las manzanas de la regalía de aposento, y estaba hecho para que todo el mundo pudiera orientarse a pie yendo a Sol del mayor al menos número.

A nivel de la política nacional, el 3 de diciembre de 1833 entró en vigor la división de España en provincias diseñada por Javier de Burgos. Estas provincias se mantienen en la actualidad con algunas pequeñas variaciones, y las que ha habido desde entonces en Madrid han sido principalmente en la zona de la Vega del Tajo. En 1833 se incorporaron a la jurisdicción madrileña pueblos que hasta entonces habían dependido de otras ciudades:

-Pueblos que se incorporaron a Madrid procedentes de Guadalajara: Bustarviejo, Navalafuente, Valdepiélago, La Acebeda, Garganta de los Montes, Gargantilla de Lozoya, Buitrago, Torrelaguna, Robregordo, Somosierra, Gascones, Lozoyuela, y en general, la zona situada al norte de Miraflores menos el valle alto del Lozoya.

-Pueblos que se incorporaron a Madrid procedentes de Segovia: Canencia, Lozoya, Rascafría, Alameda, Oteruelo y Pinilla del Valle.

-Pueblos que se incorporaron a Madrid procedentes de Ávila: Valdemaqueda y Pelayos.

-Pueblos que se incorporaron a Madrid procedentes de Toledo: Aranjuez, Cadalso, Estremera, Colmenar de Oreja, Villarejo de Salvanés, Villaconejos, Villamanrique de Tajo, Cenicientos, Valdaracete, Rozas de Puerto Real.

E igualmente, pueblos que de antiguo habían dependido de Madrid pasaron a otras dos provincias. A Toledo pasaron Borox, Casarrubios, Esquivias, Méntrida, Seseña, Torre de Esteban Hambrán, Valmojado y Ugena. A Guadalajara pasaron Alcolea de Torote, Almoguera, Almonacid de Zorita, Albalate de Zorita, Zorita de los Canes, Albares, Driebes, Fuente de la Higuera, Mazuecos, Mesones, Valdenuño, Valdepeñas, Viñuelas y Yebra.

Dentro de la capital tenemos los efectos de la desamortización de Mendizábal. Uno de los primeros jefes de gobierno del periodo isabelino fue Juan Álvarez de Mendizábal, que efectuó una desamortización de bienes de la Iglesia de mayor calado que la efectuada por Bonaparte. Mendizábal abogaba por la sustitución de cuantas más instituciones procedentes del absolutismo, mejor, y era un enemigo declarado de los clérigos. Huella visible de estas políticas fue la Real Orden del 8 de marzo de 1836, llamada de la “exclaustración”, por la que fueron -nuevamente recuperando políticas de José I- demolidos varios conventos para dar lugar a plazas o edificios públicos. Los principales conventos madrileños que fueron desalojados eran los siguientes:

-Agustinos Recoletos (Paseo de Recoletos) vendido y demolido.

-Clérigos menores del Espíritu Santo (Carrera de San Jerónimo) demolido para edificar el Congreso de los Diputados.

-Mercedarios Calzados, demolido para edificar la Plaza del Progreso (hoy de Tirso de Molina)

-Premostratenses de San Norberto (popularmente “Los Mostenses”) demolido para edificar un mercado.

-Santa Ana (Calle del Prado), demolido.

La Villa y Corte mirando de nordeste a suroeste, según ilustración de 1854 de Alfred Guesdon. Puede observarse la Puerta de Alcalá, todavía sin la Plaza de la Independencia que se le añadió ya después del reinado isabelino. También vemos una de las plazas de toros que tuvo Madrid. Luego hubo otra donde el actual Palacio de los Deportes, y luego vino la que todos conocemos en las Ventas.

La Villa y Corte mirando de nordeste a suroeste, según ilustración de 1854 de Alfred Guesdon. Puede observarse la Puerta de Alcalá, todavía sin la Plaza de la Independencia que se le añadió ya después del reinado isabelino. También vemos una de las plazas de toros que tuvo Madrid. Luego hubo otra donde el actual Palacio de los Deportes, y luego vino la que todos conocemos en las Ventas.

Finalizó la Primera Guerra Carlista que había marcado los primeros años del reinado de Isabel II (los carlistas se acercaron peligrosamente a Madrid en septiembre de 1837). A la regencia de María Cristina, que enseguida se granjeó grandes enemistades y sospechas de corrupción, la sustituyó en 1840 otra regencia del general Espartero. La casta militar, henchida de orgullo por haber vencido a los carlistas como en tiempos a los bonapartistas , enseguida se apropió del derecho a tutelar la política durante lo que quedaba del siglo XIX y buena parte del XX. La España de aquel tiempo era la España de los cuartelazos, de militares contra políticos e incluso de militares contra otros militares. Uno de los más sonados acaeció el 7 de octubre de 1841, cuando el general Diego de León, héroe de las luchas contra los carlistas, intentó tomar el Palacio Real para derrocar a Espartero y forzar el regreso de María Cristina. A pesar de sus méritos de guerra, fue condenado a muerte y fusilado el día 15 de ese mismo mes.

En 1843 llegó la supuesta mayoría de edad de Isabel II, aunque siguió manejada por todo tipo de intrigas y camarillas hasta mucho después. Entre 1844 y 1854 gobernaron en España los moderados, en los que se tenían esperanzas de que restauraran la paz en un país que llevaba envuelto en luchas desde 1808. Pero poco a poco la eficacia que se esperaba de las instituciones se fue perdiendo.

El 19 de julio de 1849 se promulgó una ley por la que se introdujo en España el sistema métrico decimal. Esta ley estableció un periodo de transición entre las viejas medidas de los antiguos reinos (en este caso, las de Castilla, con variantes incluso a nivel de cada ciudad) y las derivadas del nuevo metro patrón, del que se construyó un ejemplar para conservarse en el Archivo Nacional de Simancas. Para el 1 de enero de 1852, según la ley del año 49, debería de haber patrones a disposición de las ciudades capitales de provincia o de partido judicial, y cualquier establecimiento donde se enseñara la aritmética tendría que adoptar el nuevo cómputo. Para el 1 de enero de 1853 se esperaba que estuviera adaptado al sistema todo el funcionamiento de la Administración y de los Tribunales de Justicia.

La medida más usual de Castilla para longitudes era la vara de Burgos, equivalente a 835 milímetros, aunque Madrid tenía vara propia, de 843 milímetros. Otras ciudades del conjunto de reinos y territorios que formaban la monarquía tenían medidas a su vez diferentes, como Ciudad Real (839), Pamplona (785), Zaragoza (772) y las Islas Canarias (842), por lo que la introducción del metro simplificó enormemente los cálculos de cualquier asunto que implicara a más de una localidad. Entre 1856 y 1857 se empezaron a instalar hitos de piedra en las carreteras con las distancias al origen (la Puerta del Sol) en kilómetros.

En 1854 se produjeron dos revoluciones, interconectadas pero independientes, con una quincena de separación. El 30 de junio de ese año llegó la “Vicalvarada” (por haberse producido en el vecino pueblo de Vicálvaro), un golpe del general Leopoldo O´Donnell para cambiar el gobierno sin tener que cambiar el régimen. O´Donnell era de tendencia progresista. El 17 de julio, espoleado por el éxito del anterior movimiento, se produjo un nuevo estallido, esta vez en Madrid-capital, protagonizado por progresistas más exaltados y por lo que se podría denominar la proto-izquierda obrera. Estos insurrectos del 17 de julio ya pedían abiertamente la ruptura con el régimen.

Al final se llegó a un consenso para lograr un giro al progresismo del régimen, pero sin desmontar el régimen, por lo que O´Donnell quedó considerado como una especie de centrista. Los progresistas gobernaron en España desde 1854 a 1856. De 1856 a 1858 hubo dos años de retorno del partido moderado, y de 1858 a 1863 se produjo el “gobierno largo” de Leopoldo O´Donnell con la Unión Liberal, partido que aglutinaba a personas procedentes de casi todos los ámbitos, con el propósito de apuntalar la monarquía todo lo que se pudiera. El gobierno de O´Donnell, todo hay que decirlo, tuvo varios éxitos, pero no pudo evitar la desconfianza de las gentes de a pie, ni de las del propio estamento político, hacia el entramado estatal que se había implantado en 1833.

En 1862 llegó a Madrid Benito Pérez Galdós, escritor de origen canario pero que supo ser desde entonces, y durante medio siglo, el novelista que mejor captó el ambiente de la ciudad y lo tradujo a letra impresa. La reina Isabel II, en cuyo reinado se desarrolla gran parte de las novelas galdosianas, fue finalmente apartada del poder por la Revolución de 1868 y partió hacia el exilio en Francia.

Nuevas sedes del poder

Tras el periodo de amplia conflictividad de principios del siglo XIX (guerra napoleónica y primera carlista) el reinado de Isabel II se caracterizó por dotar a Madrid de edificios definitivos para muchas instituciones que el estado liberal había ido ensayando en los años previos en otras ubicaciones. El Congreso de los Diputados es una de ellas. Surgió del solar de uno de los conventos desamortizados, y aquí lo vemos en una imagen de finales del siglo XX, antes de las últimas ampliaciones. (Gabinete de Publicaciones del Congreso)

Tras el periodo de amplia conflictividad de principios del siglo XIX (guerra napoleónica y primera carlista) el reinado de Isabel II se caracterizó por dotar a Madrid de edificios definitivos para muchas instituciones que el estado liberal había ido ensayando en los años previos en otras ubicaciones. El Congreso de los Diputados es una de ellas. Surgió del solar de uno de los conventos desamortizados, y aquí lo vemos en una imagen de finales del siglo XX, antes de las últimas ampliaciones. (Foto: Gabinete de Publicaciones del Congreso)

 

 

Como tantos otros regímenes de los siglos XIX y XX, el de Isabel II quedó muy lejos de satisfacer las esperanzas de modernización que había supuesto la Constitución de 1812, pero hay que reconocer que, dada la larga duración del reinado, de 1833 a 1868, se pudo consolidar una serie de instituciones, todavía no democráticas, pero sí predemocráticas o protodemocráticas, que sin ser un liberalismo pleno, por lo menos marcaran cierta distancia con la concepción absoluta del poder monárquico que se había dado en otros tiempos. Esta larga duración del reinado hizo, por ejemplo, que en Madrid se pudieran poner sedes definitivas en edificios dedicados a instituciones que hasta entonces se habían ido moviendo de unos lugares a otros dada la inestabilidad propia de los periodos de guerra napoleónica, guerra civil o disturbios.

El 21 de marzo de 1842 se dio comienzo a la demolición del convento de los Clérigos Menores del Espíritu Santo, en la carrera de San Jerónimo, para dar a España un parlamento definitivo. El proyecto del edificio del Congreso de los Diputados, del arquitecto Narciso Pascual y Colomer, fue aprobado en febrero de 1843, y el 10 de octubre de ese mismo año fue colocada la primera piedra. Fue inaugurado el 31 de octubre de 1850, aunque con muchas obras todavía por concluirse: por ejemplo, el bajorrelieve del tímpano no fue terminado hasta 1865, y los famosos leones que decoran la escalinata de entrada fueron objeto de una serie de discusiones que se prolongaron hasta nada menos que 1872. Fueron fundidos por la Fábrica de Artillería de Sevilla usando el metal de cañones capturados al enemigo en la campaña del general Prim contra los marroquíes.

El otro pilar del parlamentarismo español, la Cámara Alta o Senado, adquirió su función definitiva en el año 1835, siendo su edificio un convento construido en 1590 para la orden de los Agustinos calzados, que había sido reformado en 1820 para albergar el efímero parlamento del trienio liberal, la época “civilizada” del reinado de Fernando VII (1820-23). Tanto Congreso como Senado fueron enormemente ampliados y modificados a finales del siglo XX.

Teatros y otros lugares de masas

El Teatro Real, otra construcción emblemática del reinado de Isabel II, que por eso da nombre a la plaza situada en su fachada oriental. Esta ilustración muestra la occidental, la que da a Palacio. Como el Congreso de los Diputados, un edificio sometido a infinidad de reformas y ampliaciones posteriores (Grabado recogido en la Historia de Madrid de Federico Bravo Morata, edición de 1966 de Editorial Fenicia)

El Teatro Real, otra construcción emblemática del reinado de Isabel II, que por eso da nombre a la plaza situada en su fachada oriental. Esta ilustración muestra la occidental, la que da a Palacio. Como el Congreso de los Diputados, un edificio sometido a infinidad de reformas y ampliaciones posteriores (Grabado recogido en la Historia de Madrid de Federico Bravo Morata, edición de 1966 de Editorial Fenicia)

En el Madrid del siglo XIX hubo dos periodos de optimismo que se reflejan en la construcción de instalaciones a mayor gloria del arte y del ocio. Uno son las décadas de 1840 y 1850, en las que el reinado de Isabel II se ha consolidado y han sido vencidos los carlistas en otras provincias. Otro será el posterior reinado de Alfonso XII, pero para eso todavía queda mucho.

Desapareció el campo de escombros, desmontes y ruinas que había permanecido entre el final de la calle del Arenal y el Palacio. La planificación inicial de la época de José I fue abandonada y se derribaron algunas de las construcciones que se habían hecho… y se creó la ordenación del lugar que conocemos en nuestros días, con el Teatro Real (evolución del de los Caños del Peral), que fue inaugurado en 1850. Este teatro está enlazado con la ciudad por medio de una plaza, justamente denominada de Isabel II, aunque casi todo el mundo la conoce como la “Plaza de la Ópera”. Desde entonces, esa parte de Madrid ha vivido especialmente vinculada al mundo de la música, y todavía hoy sobreviven por allí varios talleres y comercios de instrumentos de cuerda o viento. El Teatro ha sufrido desde entonces cuatro reformas: la de Antonio Flores en 1925, la de Pedro Muguruza en 1946, la de García Valcárcel en 1966 y la de Francisco Rodríguez Partearroyo a finales del siglo XX.

Otro teatro histórico, el Español, adquirió su actual nombre tras una reforma del año 1849, pero en ese solar se habían sucedido el corral del Príncipe de 1582, y dos reedificaciones de 1745 y 1806. Es, a su vez, un local destinado a seguir experimentando reformas y ampliaciones.

Aparte de estos edificios hay que citar los pabellones de la Exposición de 1857 y el primer Hipódromo estable, que fue construido en 1846 a las afueras de la plaza de Santa Bárbara. Posteriormente fue trasladado al extremo norte del Paseo de la Castellana, que por entonces estaba mucho más al sur que en nuestros días, y ya en el siglo XX los caballos fueron desalojados de la Castellana para construir los Nuevos Ministerios.

Nuevas infraestructuras públicas

Entre los años 1857 y 1862 fue remodelada la Puerta del Sol, dándole a los edificios situados en sus fachadas del norte el aspecto que tienen hoy en día. La reforma fue obra de Lucio del Valle, uno de los talentos que intervinieron en la construcción del Canal de Isabel II. El agua del Lozoya era considerada de tal pureza que ya en tiempos de Felipe IV, el cardenal Fernando de Austria, hermano del monarca, se hacía llevar cargamentos del preciado líquido a través de media Europa para beberlos durante las guerras de Flandes. Entre 1851 y 1858 se hizo realidad la prolongación artificial del Lozoya desde los montes de la sierra hasta las puertas de la ciudad. En esos años también llegan los primeros trenes a la estación de Atocha.

El Plan de Ensanche de Madrid de Carlos María de Castro. Con algunas variantes, se empezó a ejecutar en el último tercio del siglo XIX, y establecía tres zonas de calles perfectamente cuadriculadas, que se corresponden en gran parte con los actuales distritos de Arganzuela, Chamberí y Salamanca. Muchos de los huecos de las retículas no se terminaron de llenar hasta la década de 1970, y algunas de las calles proyectadas quedaron interrumpidas por construcciones no previstas en 1860 (El Tercer Depósito de Aguas del Cana, por ejemplo). Plano disponible a mayor resolución en la web del Ayuntamiento de Madrid y en Wikimedia Commons.

El Plan de Ensanche de Madrid de Carlos María de Castro. Con algunas variantes, se empezó a ejecutar en el último tercio del siglo XIX, y establecía tres zonas de calles perfectamente cuadriculadas, que se corresponden en gran parte con los actuales distritos de Arganzuela, Chamberí y Salamanca. Muchos de los huecos de las retículas no se terminaron de llenar hasta la década de 1970, y algunas de las calles proyectadas quedaron interrumpidas por construcciones no previstas en 1860 (El Tercer Depósito de Aguas del Canal, por ejemplo). Plano disponible a mayor resolución en la web del Ayuntamiento de Madrid y en Wikimedia Commons.

Se aprueba el Plan Castro para la expansión de la ciudad de Madrid el 19 de julio de 1860, y en 1864 el marqués de Salamanca inició las primeras fases de urbanización, por lo que enseguida se conoció como “Barrio de Salamanca” a las casas que se empezaron a edificar en las nuevas calles de Serrano o Velázquez. Posteriormente la retícula de calles fue avanzando hacia el este, y el concepto de “Barrio de Salamanca” a abarcar mucho más territorio, hasta el punto de que en la actualidad no es un barrio, sino un distrito entero. Pero el impulso real al ensanche de Madrid se dio, paradójicamente, no bajo el reinado de la Isabel II que le había dado impulso oficial, sino por los sucesivos gobiernos que la sucedieron, pues el derribo de las murallas (y de otras muchas construcciones) en 1868-69 facilitó la tarea.

En 1866 se iniciaron las obras de una calle transversal que debería haber unido el Hospital General de Atocha con San Francisco el Grande. Solamente se llegó a construir lo que ahora conocemos como calle de Argumosa, y la caida de la monarquía y confusión posterior abortaron la construcción del resto de la vía, que habría pasado rozando la esquina sur de la iglesia de San Cayetano.

Juan Pedro Esteve García

Desde tiempos del Neolítico at Foro del Viejo Madrid
Nacido en 1975 en el mundo 1.0. y orgulloso de tal condición, la educación sentimental de este gato es un batiburrillo en el que caben George Lucas, Luz Casal, la Sveriges Radio de onda corta y los trenes de cercanías de la sierra (cuando eran azules). Mira al pasado sin excesiva nostalgia, pero ve el futuro con bastante escepticismo.

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