Durante siglos nos han contado que el apodo “gato” con el que se denomina a los madrileños, nació de la gesta de un soldado que permitió al rey Alfonso VI arrebatar Madrid a los musulmanes. Sin embargo, la realidad tiene que ver más con el ingenio que con la valentía.
La leyenda popular: un soldado ágil como un gato
Según la tradición, durante la conquista de Madrid por Alfonso VI en el siglo XI (en torno a 1085), un valeroso soldado cristiano trepó las murallas musulmanas con la agilidad de un felino, permitiendo la entrada a las tropas cristianas a la ciudad. Admirados por la hazaña, sus compañeros lo apodaron “gato”. El sobrenombre habría pasado después a su linaje y, con el tiempo, se hizo extensible a los madrileños.
No obstante, esta versión presenta un doble problema: carece de respaldo documental medieval y, además, Madrid no fue tomada por asalto, sino mediante pacto o capitulación. En consecuencia, la heroica escalada jamás tuvo lugar.
Los verdaderos orígenes: la familia Álvarez Gato
El apellido Gato no aparece documentado hasta finales del siglo XIV, cuando Fernán Álvarez Gato —probablemente un converso, es decir, un judío convertido al cristianismo tras los pogromos de 1391— se establece en Madrid. Su nieto, Juan Álvarez Gato (c. 1440-1510), llegaría a ser el poeta medieval más destacado de la villa.
En la España de los siglos XV y XVI, profundamente obsesionada con la limpieza de sangre, los apellidos de animales como Gato, Lagarto u Ovejuno solían asociarse a posibles orígenes judíos o conversos. Para una familia que aspiraba al ascenso social, llear uno de estos apellidos constituía un serio obstáculo.
La fabricación del mito: blanquear un apellido incómodo
Como se ha comentado antes, la historia del soldado trepando por la muralla no figura en las crónicas medievales de la conquista de Madrid. Su primera aparición conocida se produce en 1629, en la Historia de Madrid de Jerónimo de Quintana, quien probablemente obtuvo la información de Garci Álvarez Gato, alcaide de Chinchón.
El propósito era evidente: ennoblecer el linaje, transformando un apellido sospechoso en símbolo de heroísmo cristiano. La estrategia resultó eficaz. En 1699, cuatro descendientes de la familia utilizaron el relato de Quintana como prueba documental para ingresar en la Orden de Santiago, institución que exigía demostrar pureza de sangre. El mito había cumplido su función.
De leyenda familiar a identidad colectiva
Durante los siglos XVII y XVIII, los cronistas más rigurosos ignoraron esta tradición debido a su falta de fundamento histórico. Sin embargo, en el siglo XIX la situación cambió. Autores como Mesonero Romanos (1861) y Capmany (1863) popularizaron el relato, incorporando incluso elementos apócrifos, como un escudo con un gato trepando por una muralla.
Así que la próxima vez que oigas llamar «gatos» a los madrileños, recuerda: detrás de ese apodo no hay ningún héroe medieval, sino una leyenda fabricada por una familia conversa para blanquear sus orígenes judíos en una época dominada por los estatutos de limpieza de sangre.
Bibliografía
Este artículo se basa en “Antigua legendaria de Madrid (I): De gatos, escarabajos y muertos…”, de José Manuel Castellanos, publicada en el número 38 de La Gatera de la Villa. ¿Quieres conocer todos los detalles, documentos y genealogías de esta investigación? Descarga aquí el número completo y descubre toda esta fascinante historia.
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