Quizás su nombre no les diga nada, aunque su figura fue muy popular en los rincones de nuestra villa. Manuel Amago Fuertes, Manolo para sus más cercanos, fue sereno, aquella entrañable presencia que, con la gorra en la testa y el chuzo en la mano, daba conversación y seguridad a los viandantes que deambulaban por las calles madrileñas en las noches de antaño, abriendo los portales a quienes llegaban cuando los porteros ya habían echado los cerrojos.