La leyenda de la fundación de Madrid

La leyenda de Ocno Bianor y la fundación de Madrid.

NARRACIÓN DE OCNO BIANOR

El oráculo

Apenas conocí a mi padre, el rey Tiberis. Pensó que la existencia de un bastardo podría complicar la sucesión del trono e incluso desencadenar fratricidas guerras que pusieran en juego la existencia del reino. Así que, tras dar a mi madre algún dinero, nos obligó a salir de sus tierras y marchar lejos de ellas. Acompañados de un pequeño grupo de familiares, amigos y algunos siervos nos dirigimos al norte. Nunca regresaríamos. Tras un largo peregrinaje nos establecimos en una fértil llanura, donde al alcanzar mi madurez, fundé una ciudad a la que el río abrazaba por tres de sus lados y a la que, en honor a mi madre, Manto, di el nombre de Mantua.

Mi vida hubiera transcurrido en aquellas tierras, reinando sobre mi pueblo, de no haber sido por aquel sueño. Y es que si de mi abuelo paterno recibí su nombre, Bianor, de mi abuelo materno, Tiresias, heredé el don de ver lo que para otros permanece oculto.

Ocurrió una noche durante las fiestas del festival de la cosecha. Soñaba que, fatigado de caminar, me sentaba a descansar a la sombra de un laurel, que, agitando sus ramas, empezó a hablarme:

Apolo de Mantua, de un original de Polícleto, siglo V a. C.– Bianor,… Bianor… Escúchame, soy Apolo Loxias, a mí me están consagrados el cuervo y la serpiente, yo soy el señor de la profecía –sentía su potente voz resonar dentro de mi cabeza-. Bianor, hijo de Tiberis, veo ante mí una ciudad, mas esa ciudad no existe aún. Mas la predigo próspera y rica, y desde ella se gobiernan numerosas naciones y tierras aún ignotas. Y sin embargo es sólo una profecía que sólo tú, Bianor, puedes cumplir.

El dios calló, pero las ramas del laurel se seguían sacudiendo.Gerónimo 

– Oh, Apolo Egletes –respondí, un tanto tembloroso-, el de arco de plata, ¿cómo habría de cumplir yo con esa profecía?

La voz volvió a sonar en mi interior.

– Deberás abandonar tu ciudad y, acompañado tan sólo por aquellos que así lo deseen, partir hacia las tierras poniente. ¿Estarías dispuesto a ello, Bianor? ¿Sacrificarías tu reino por un sueño?

– Cúmplase en mí la predicción. Pero, oh poderoso Apolo, ¿cuándo debo partir? ¿En qué territorio sabré dónde establecer esta ciudad?

– Bianor, tres veces habrá de mostrarse sobre los cielos Selene plena para anunciar tu partida. Largo será tu periplo y numerosos los peligros que te acecharán. Mas no temas, pues no ha de ocurrirte mal alguno. No desfallezcas y cumple entonces con lo que el hado ha dispuesto. Me volveré a presentar ante ti cuando, alcanzado el final de tu viaje, llegues al lugar que te ha sido destinado.

– Cuando desperté decidí consultar con los sacerdotes aquella revelación. Sus oráculos me confirmaron lo que Apolo me había dicho en sueños y a partir de entonces se me conoció como Ocnos Bianor, el que ve en sueños.

La búsqueda

Tras comunicar a mi pueblo lo sucedido, nombré de entre aquellos que se mostraron reacios a acompañarme quien había de sucederme en el trono de Mantua y dispuse los preparativos para la partida. Cuando llegó la tercera luna, y tras ofrecer a los dioses sacrificios y libaciones, partimos entre lágrimas de despedida. Menos de la tercera parte de la ciudad me acompañaba.

Fueron largos años de viaje, que nos llevaron a conocer pueblos de los que nunca habíamos oído hablar, con extraños dioses, ritos y costumbres. En ocasiones permanecíamos un tiempo acampados en un lugar que nos parecía idóneo para levantar la ciudad, esperando inútilmente la voz de Apolo manifestando su conformidad. Algunos de mis acompañantes acabaron pereciendo víctimas de la enfermedad o de alguno de los conflictos en los que nos vimos envueltos; otros nos abandonaron, decidiendo poner fin una travesía que parecía no tener fin y estableciéndose entre los pueblos que nos habían recibido amistosamente.

Y llegó…

Los exploradores nos habían hablado de aquella pradera regada por numerosos arroyos, junto a un río. Decidí visitarlo yo mismo, acompañado de unos cuantos hombres, antes de ordenar el traslado de toda mi gente. Efectivamente, la hospitalidad que aquel paraje, rodeado de bosques, brindaba despertó la esperanza, una vez más, en mi corazón. ¿Sería este el sitio? Con la llegada de la noche, ordené las guardias y me dispuse a dormir. Una brusca sacudida me despertó; frente a mí, se alzaba una espantosa serpiente, que superaba con mucho mi estatura.

– Bianor, ¿no me reconoces? Soy Apolo Pitio.

Al oírlo me apresuré a agachar mi cabeza, manifestando así el respeto que se se les debe a aquellos que moran en el Olimpo.

– Bianor, el que ve en sueños, errante tras una promesa. Hete aquí que has llegado al final de tu camino, pues el hado ha dispuesto que sea aquí donde alzarás la ciudad, y desde ella se regirán los destinos de muchos y sus muros darán cabida a numerosos pueblos, pues nadie será en ella extranjero.

De nuevo sentí una brusca sacudida,… alguien me llamaba. Todo había sido de nuevo un sueño de Apolo.

El Sueño Lúcido y los secretos del mundo onírico

– Despertad, señor, tenemos visita. Dos jinetes se han presentado en nuestro campamento. Desean hablar con vos.

– Habrán de esperar, pues antes debo comunicaros algo. Avisa a los hombres, pero antes asegúrate de que a los forasteros se les ofrezca algo de beber y comer, pues la hospitalidad es un deber sagrado que nos ordena el padre Zeus.

Mientras aguardaban, reuní a mis hombres pues ansiaba comunicarles la noticia de que, al fin, habíamos encontrado la tierra que sería nuestro hogar. Los gritos de júbilo debieron extrañar a los forasteros, puesto que miraron recelosos hacia donde nos encontrábamos. Envíe un mensajero con la buena nueva al resto de mi gente, que se hallaba asentada a poco más de una jornada, e hice que condujeran a los extranjeros a mi presencia. No me resulto difícil entenderles, por ser su lengua similar a la que hablaban otros pueblos con los que habíamos tenido tratos. Tras presentarse, dijeron pertenecer al pueblo sin tierra. Sus intenciones eran pacíficas y deseaban saber quiénes éramos y qué hacíamos allí. Cuando respondí a sus preguntas, explicando el propósito que nos había guiado hasta allí, se miraron sorprendidos y empezaron a hablar agitadamente entre ellos. La vivacidad de su diálogo me impedía comprenderles. Finalmente, el que parecía el mayor de ellos retomó el ritmo pausado y nos relató que su pueblo también andaba errante.

Imagen del dops encontrada en Lug Peñalba de Villastar – Diez veces se ha sucedido la noche más corta, diez veces hemos visto florecer los campos y recogerse la cosecha desde el día en que el dios Lugh, manifestándose en forma de cuervo en las ramas de un serbal, ordenó a mi pueblo abandonar nuestras tierras ancestrales para establecernos en un nuevo territorio.

Ocno y sus hombres vieron inmediatamente la similitud que el testimonio y el destino de aquellos hombres guardaban con el suyo propio. El forastero prosiguió.

– Pero, Lugh, señor de los bosques y de las tierras, no nos indicó el lugar aquel dónde debíamos dirigirnos, ni nos habló de las lunas que debían transcurrir durante nuestra migración. Buscad, nos habló el dios, buscad hasta encontrar la señal, el signo. Sólo entonces acabará vuestro camino y estos serán vuestros campos y vuestros pastos y allí levantaríamos una ciudad con fuertes murallas. Y el cuervo levantó el vuelo y desde entonces la voz de Lugh ha permanecido callada.

– Y decidme, ¿qué señal es esa que aguardáis y que os confió vuestro dios?

– Ya la hemos encontrado. Vosotros sois la señal.

La ciudad

Ocno , fundando Madrid. Historia de Madrid, Antonio Mingote

Nuestros pueblos se unieron para formar uno solo bajo mi mandato y edificar la ciudad que sería, a partir de entonces, nuestra patria común. No diré que no surgieran riñas y conflictos, pero ninguno de importancia hasta que surgió la cuestión de a qué dios le sería dedicado el templo. Decidí zanjar aquella disputa que amenazaba incluso con la existencia de la recién creada alianza entre nuestros pueblos. De modo que reuní a los principales jefes y les dije que iba a consultar con los dioses la respuesta de aquel dilema que nos estaba enfrentando. Tras purificarme con los ritos oré con fervor a Apolo hasta que, somnoliento, el cansancio fue venciendo a mis miembros y mis párpados comenzaron a cerrarse.

Me despertó el gañido de un halcón volando en círculos bajo el sol.

Cibeles, señora de los animales– Ocnos Bianor, el que ve en sueños, he escuchado tus oraciones y traigo la respuesta a tu pregunta. Deberás consagrar el templo y dedicar la ciudad que guardan estos muros a Cibeles Metragirta, la diosa madre. Mas toda consagración conlleva un sacrificio, y el sacrificio exige una víctima. Óyeme, Bianor, escucha la voz de los dioses que piden que esa víctima seas tú. Cumplirás tu destino siendo enterrado en vida a los pies de la estatua que habréis de erigir a Cibeles.

Y chillando el halcón voló ascendiendo hacia el sol, que se fue empequeñeciendo hasta desaparecer en un punto de luz.

Desperté con un sudor frío y un extraño sabor amargo en la boca.

El sacrificio

Escena de sacrificio en Corinto, VI a.C.

Al despuntar el alba la procesión se dirigió hacia el templo, donde se había dispuesto la cripta que habría de ser mi sepulcro. Al gemido de los aulos y los lamentos de las plañideras se unía el canto monocorde y lúgubre de quienes hasta hacía poco habían sido el pueblo sin tierra. Yo marchaba en medio de aquel desfile, entre los sacerdotes, hieráticos entonando sus plegarias; pero yo permanecía ausente, como si todo aquello no fuera más que otro sueño. Nos detuvimos; cesó la música y arreciaron los llantos. Descendí los peldaños que me conducían a la muerte y miré hacia arriba por última vez para despedirme; lo último que vi fueron las caras de mi esposa e hijos. La trampilla se cerró y todo quedó sumido en un aterrador silencio y una espesa oscuridad. Sólo entonces fui verdaderamente consciente de mi aterrador destino y angustiado me refugié en la oración. Perdí la noción del tiempo, la percepción de mi propio cuerpo. Y todo se llenó de pura luz…

METRAGIRTA

Tras sellar la cripta los sacerdotes procedieron a efectuar los sacrificios propiciatorios destinados a consagrar a la divina Metragirta la ciudad, cuyo nombre recibiría. Asperjaron con agua la frente de los bueyes, ornados con flores, que fueron degollados y, después de ser desollados con pericia, descuartizados para que su carne fuera consumida entre el pueblo, participante de aquellos ritos.

Apenas se hallaban las carnes en el espetón, cayendo la grasa chisporroteante sobre las brasas, el cielo, que hasta entonces había estado despejado, empezó a oscurecerse rápidamente. Negros y gruesos nubarrones fueron tapando la luz del sol y una extraña luminosidad se fue esparciendo por toda la ciudad, como la niebla que se extiende junto al río. La gente comenzó a murmurar y a mirar inquietos hacia el cielo; los más pequeños corrieron a buscar, asustados, a sus padres.

Un gigantesco rayo rasgó aquella oscuridad, golpeando el templo y cegando a todos con su fulgor. No sonó trueno alguno, sino un fuerte zumbido, semejante al de una gigantesca colmena; fueron muchos, los que aturdidos, cayeron al suelo. Y con la misma celeridad que el día se había hecho noche se abrieron los cielos, que se vieron recorridos por decenas de bandadas de pájaros, surgidas de todos las direcciones.

Aún estupefacta por lo ocurrido, la gente empezó a reaccionar, y un sordo murmullo se fue elevando hasta convertirse en un enorme griterío. Todo era caos y confusión. Había quienes oraban, quienes reían y quienes lloraban, incluso quienes alternaban la risa con el llanto; otros que corrían como chiquillos de aquí para allá, sin saber muy bien por qué, y también hubo quienes se dirigieron a los sacerdotes buscando la interpretación de aquella señal de los dioses. Y un rumor fue creciendo:

-¿Habéis visto? –se decían- ¿Habéis visto a Cibeles, señora en su carro surcando el cielo?

– Sí –respondían- la he visto. Bendita sea la diosa madre, pues llevaba con ella a Ocno.

– También yo les vi, hermanos, sí. Escuchad todos, oídme ¡En el carro de la divina Metragirta, tirado por poderosos leones, sentado junto a Cibeles, estaba el propio Ocno! ¡Oh, poderosos dioses!

Alegoría del mes de Diciembre con el triunfo de Cibeles Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Y se dirigieron presurosos hacia el templo. Uno, dos,… cinco… una multitud. Y encontraron la lápida, rota en varios pedazos y bajaron a la cripta, donde nadie había.

MADRID. HOSPITAL DE LA LATINA.

Sobre la mesa, junto a varios legajos, un candelero y oficio de escribir se encuentra un libro. Don Gerónimo, el rector del hospital, lo toma con mimo, con el cuidado que prodigaría un padre a un recién nacido, lo que no es de extrañar, pues el libro acaba de ser parido de la imprenta. Tras contemplar la espléndida portada, en la que la santísima virgen Nuestra Señora de Atocha se muestra sobre el escudo de la Villa, hojea su contenido, abriendo sus páginas al azar y leyendo en una de ellas “Entre estos capitanes por este tiempo passó a España el Principe Ocno Bianor, hijo de Tiberio, o Tiberino Rey de la Toscana y de los latinos y de la Hada Mantho…» Don Jerónimo sonríe satisfecho y cierra el volumen. Pero antes de volver a depositarlo sobre la mesa no puede evitar cierto pecado de vanidad cuando sus ojos, tras recorrer una vez más por la portada, se detienen sobre el título: «A la muy noble, antigua y coronada villa de Madrid. Historia de su antigüedad, nobleza y grandeza. Por el licenciado Geronimo de Quintana Clerigo Presbitero Notario del Santo Oficio de la Inquisicion Rector del Hospital de la Latina y natural de la misma Villa.

Madrid en la Imprenta del Reyno Año MDC XX IX (1629)».

Portada calcográfica de Gerónimo de la Quintana: A la muy noble, antigua y coronada villa de Madrid. Historia de su antigüedad, nobleza y grandeza, Madrid, Imprenta del Reyno, 1629.

CURIOSIDAD

El 24 de octubre de 1599 Madrid recibía a su nueva reina, Margarita de Austria. Con motivo de tan magno acontecimiento la ciudad se ornó con gran fasto y ostentación.  La entrada de Margarita, que se había alojado en los Jerónimos, se produjo por la Puerta de Alcalá, y allí se hallaba Ocno Bianor para hacerle entrega de las llaves de la ciudad:

Y en confirmación della el año passado de mil y quinientos y noventa y nueve, entre los arcos, triunfos, y trofeos de diversas memorias y historias antiguas que se hicieron para la entrada de la sereníssima Reina D. Margarita de Austria muger del Católico Rey D. Felipe III de gloriosa memoria, que fue en veinte y quatro de Otubre del mismo año se fabricaron en la Puerta que llama de Alcalá, tres arcos altos de ladrillo, que por la brevedad del tiempo no le pudieron hazer de piedra, aunque imitaron su color; y por remate de los dos menores se pusieron dos bultos grandes muy perfectamente acabados con estremado arte de estatura gigantea, el uno del Principe Ocno, con las llaves doradas de la Villa en las manos, dándolas a su Magestad; el otro de su madre Mantho, ofreciéndola una corona, en señal que la recibía por su Reina y señora.

«A la muy noble, antigua y coronada villa de Madrid. Historia de su antigüedad, nobleza y grandeza»,

Gerónimo de Quintana.

NOTA DEL AUTOR

La primera referencia escrita a Ocno Bianor como fundador de Madrid se encuentra recogida en el libro de Gerónimo de Quintana “A la muy noble, antigua y coronada villa de Madrid. Historia de su antigüedad, nobleza y grandeza”. La base de este relato no se atiene a la narración de Quintana y difiere de ella en varios aspectos, como por ejemplo en el del nombre primigenio de Madrid, que el licenciado apunta como Mantua Carpetana.

La asociación de animales y plantas con los dioses que hago en este relato no es caprichosa, sino que obedece a la mitología griega y celta:

  • A Apolo como dios de la adivinación le estaban consagrados el halcón, la serpiente y el laurel, y los sobrenombres de Loxias y Pitio hacen referencia a esta faceta del dios, mientras que el de Egletes, radiante,  guarda relación con su aspecto de dios solar.
  • A Lugh, otra divinidad de la luz como Apolo, le estaba consagrado el cuervo. El serbal era para los celtas un árbol asociado a la adivinación.
  • A Cibeles le estaba consagrada la abeja y el león.

PARA SABER MÁS

.- En el número 15 de nuestra revista figura un artículo dedicado al yacimiento del Cerro de la Gavia, donde se encuentran los restos de un poblado carpetano, los primitivos pobladores de Madrid. Podéis descargarlo aquí

.- También sobre los carpetanos hablamos en un artículo de nuestro blog. Podéis leerlo aquí

.- Y si queréis conocer otras leyendas sobre la fundación de Madrid las encontraréis en el número 14 de nuestra revista. Podéis descargarlo aquí

FUENTE DE LAS ILUSTRACIONES

.-  Apolo de Mantua, de un original de Polícleto, siglo V a. C..Jastrow (2004), Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=73870624

.-  Ciudad flotante. Fuente: News Puncg, newspunch.com

.- Imagen onírica. Fuente: El sueño lúcido y los secretos del mundo onírico. clevercatandwiseowl.wordpress.com

.- Dibujo estilizado del dios Lug en el santuario de Peñalba de Villastar. Fuente: El pancéltico dios Lug y su presencia en España, de M. Alberro. Publicado en POLIS. Revista de ideas y formas políticas de la Antigüedad Clásica 22, 2010, pp. 7-30.

.- Ocno, fundando Madrid. Fuente: Historia de Madrid, Antonio MIngote. Taurus. Madrid. 1968

.- Cibeles, s. III a.C. Fotografía por Bujomar. https://en.wikipedia.org/wiki/es:Creative_Commons Licencia. Disponible bajo  licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional. https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/deed.es

.- 6th c. BC Representación de una escena de sacrificio. Corinto, s. VI a,C. Fuente:
Usuario Ismoon https://commons.wikimedia.org.

.- Alegoría del mes de Diciembre con el triunfo de Cibeles Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

.- Portada calcográfica de Gerónimo de la Quintana: A la muy noble, antigua y coronada villa de Madrid. Historia de su antigüedad, nobleza y grandeza, Madrid, Imprenta del Reyno, 1629. Biblioteca Nacional de España. https://es.wikipedia.org

Pablo Jesús Aguilera Concepción

Aunque mi formación académica pertenece al mundo de las ciencias me encanta la historia. La música clásica y el baloncesto son otras de mis pasiones.
Pablo Jesús Aguilera Concepción

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