Archivo del Autor: Juan Pedro Esteve García

Acerca de Juan Pedro Esteve García

Nacido en 1975 en el mundo 1.0. y orgulloso de tal condición, la educación sentimental de este gato es un batiburrillo en el que caben George Lucas, Luz Casal, la Sveriges Radio de onda corta y los trenes de cercanías de la sierra (cuando eran azules). Mira al pasado sin excesiva nostalgia, pero ve el futuro con bastante escepticismo.

50 años del viaje del Apolo 11 (VIII): La competición espacial previa a la creación de la NASA.

Tanto el gobierno de la URSS como el de los Estados Unidos aceleraron sus programas espaciales con el fin de tener un satélite artificial listo para el Año Geofísico Internacional. Para los rusos, además, el año 1957 era de gran valor simbólico, pues se celebraban cuatro décadas desde la revolución que había llevado a los comunistas al poder.

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50 años del viaje del Apolo 11 (VII): de la Segunda Guerra Mundial al Sputnik 1

La guerra de 1939-1945 supuso el despegue definitivo de la tecnología de cohetes de combustible líquido. El país que más maestría alcanzó en su desarrollo fue la Alemania nazi, con el equipo de la antigua VfR trabajando en el polígono de Peenemünde, en el Báltico.

Dibujo del autor

Dibujo del autor

El 3 de octubre de 1942 un cohete del modelo A-4 alcanzó los 85 kilómetros de altitud, y cayó a 190 kilómetros del punto de partida. El A-4 era un artefacto de 14 metros de longitud, y capaz de transportar una cabeza explosiva de 975 kilogramos de peso. Las cifras son realmente monstruosas en comparación con los cohetes experimentales de los años 30, y muestran la aceleración de la técnica que suelen traer los períodos bélicos.

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50 años del viaje del Apolo 11 (VI): Primeros grandes teóricos (y prácticos) de la astronáutica

«El sueño de ayer es la esperanza de hoy y la realidad de mañana»

(del discurso de graduación en el instituto de R. Goddard, en 1904)

 

Una ilustración para la novela de Verne «De la Tierra a la Luna», realizada por Henri de Montaut. 1868. Fuente: Wikipedia

El cañón imaginado por Julio Verne era inviable para vuelos tripulados, y los tres ocupantes del proyectil habrían sido aplastados por la brutal aceleración en cuestión de décimas de segundo. Aun así, la idea fue recurrente en varios relatos de ficción, e incluso en 1936 fue resucitada en la película «La Vida Futura» basada en textos de H. G . Wells. Para lanzar a las alturas cargas no tripuladas, hay que mencionar un cañón empleado por los alemanes en la Primera Guerra Mundial para bombardear París desde un centenar de kilómetros de distancia.

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Las obras del Metro en la Avenida de Asturias destapan una curiosidad en el subsuelo.

Se han iniciado obras en el solar del antiguo Depósito 3 del Metro de Madrid situado en la Avenida de Asturias, con el fin de convertirlo en oficinas del Metro e incluso de reponer algunas vías que den cabida a la colección de trenes históricos de ésta red ya centenaria.

En la última semana de mayo se ha excavado bastantes metros bajo la cota de la playa de vías original, y si miramos de sur a norte han asomado dos pequeños orificios que parecen ser la parte superior de sendas galerías subterráneas. Si miramos desde el norte, asoma lo que parece ser la prolongación de una de ellas hacia el sur, con un revestimiento de ladrillos.

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50 años del viaje del Apolo 11 (V): escrutando el cosmos desde la realidad y la ficción.

Trataremos en esta entrega del periodo comprendido entre la época de Isaac Newton -que habíamos visto en el capítulo anterior- y la aparición de las novelas de Julio Verne sobre el viaje a la Luna en el siglo XIX. Sigue leyendo

50 años del viaje del Apolo 11 (IV): Isaac Newton, un antes y un después

¿Quién ha sido el sabio más grande de todos los tiempos? Es una pregunta que probablemente no tenga una respuesta clara. Especialmente a partir de los años de la Revolución Científica y de la Ilustración, en los que deja de haber figuras singulares de grandes cerebros que abarcaban todo el conocimiento de su era y empiezan a surgir los científicos especializados en una materia, tal y como los conocemos en la actualidad.

Retrato de Isaac Newton

Cada época ha producido grandes talentos que, con los medios al alcance de cada país y de cada tiempo, han elevado el listón del progreso. Como hemos visto en las entregas anteriores, si un sabio aparece en una época en la que el contexto político y el apoyo de la sociedad favorezcan la investigación, encontrará gran parte del camino ya explanado. Si estos factores operan en contra de la ciencia, el sabio queda enterrado en el olvido, o emigra para hacer progresar a otras sociedades. Por eso es muy difícil establecer quien es el sabio mas grande de todos los tiempos. Albert Einstein o Stephen Hawking (al que por alguna extraña razón muchos españoles apellidaban “Hawkins”) sabían mucho más, cuantitativamente, de Física, que Nicolás Copérnico. Pero hay que tener en cuenta que Einstein vivió en una era en la que tenía acceso a medios técnicos mucho más evolucionados. Incluso en el transcurso de un siglo (el XX) las diferencias tecnológicas entre el mundo en el que se crió Einstein y el que vio crecer a Hawking eran tremendas. Por eso, si pensamos de manera cualitativa, el talento de Copérnico o el de Galileo no quedan empequeñecidos con el tiempo, sino que permanecen como grandes puntos de referencia. Teniendo en cuenta las limitaciones científicas y técnicas con las que contaban en sus tiempos, fueron tan imprescindibles como Einstein o como Hawking.

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50 años del viaje del Apolo 11 (III): Cambios de paradigma

A partir de la construcción de Uraniborg la curiosidad del ser humano por lo que ocurría fuera de nuestro mundo fue imparable. En cuatrocientos años se pasó de los primeros “observatorios” y estudios sistemáticos del firmamento a la puesta en órbita del satélite artificial de 1957.

Grabado antiguo que representa a Tycho Brahe trabajando en su observatorio primitivo.
Grabado que muestra a Tycho Brahe y a sus colaboradores trabajando en el observatorio de Uraniborg -literalmente, “el castillo de Urania”, musa de los astrónomos-. El edificio contaba con varias plantas subterráneas, y a pesar de carecer de telescopios con lentes, fue el primer edificio astronómico moderno en el que no solamente se inventariaban estrellas, sino que se anotaban sus posiciones y se llevaba registro por escrito de las observaciones que se iban haciendo con los años, para disponer de una estadística.

Puede resumirse la “prehistoria” de la exploración y navegación espacial, de manera breve, y en líneas muy generales, en las siguientes cinco etapas:

-Los científicos y estudiosos prenewtonianos.
-Desde la publicación de los Principios Matemáticos de Newton a los primeros vehículos para navegar por la atmósfera.
-Desde la construcción del primer globo tripulado a los estudios teóricos de Tsiolkovski.
-Desde la descripción por Tsiolkovski de los cohetes de combustible líquido al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Aquí ya entramos en un período de aceleración de la Historia en el que el paso del tiempo se mide más por décadas que por siglos.
-Del vuelo de los cohetes militares V-2 al lanzamiento del primer satélite artificial en 1957.

La construcción del observatorio astronómico de Uraniborg, y su sucesor el de Stjoernerborg, fueron posibles en el siglo XVI gracias al acuerdo de colaboración entre un técnico, el astrónomo danés Tyge Brahe (al que conocemos más por su nombre latinizado de Tycho), y un político, el rey Federico II de Dinamarca. Por entonces, las fronteras de los países nórdicos no eran las actuales, y la isla de Hven, donde se ubicaba el observatorio, pertenece en nuestros días a Suecia y se llama Ven. Hay que destacar un hecho notabilísimo, y es que Uraniborg es anterior a la invención de los telescopios tal como los conocemos a partir de Galileo, pero aun sin disponerse de lentes que aumentaran el cielo, el uso de métodos sistemáticos (y sobre todo, continuados a lo largo del tiempo) permitió un conocimiento de los astros más preciso que el de las generaciones previas.

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50 años del viaje del Apolo 11 (II): De técnicos y de políticos.

Aunque el primer satélite artificial de 1957 y el viaje a la Luna de 1969 fueron posibles gracias a los enormes desarrollos tecnológicos de la Segunda Guerra Mundial y de la posguerra, no se puede entender su materialización sin los cambios de mentalidades producidos en el mundo occidental desde el siglo XVI al XX. En estas cuatro centurias se suceden cuatro fases de evolución del pensamiento, a saber: Renacimiento, Revolución Científica, Ilustración y Revolución Industrial. Con ellas, la Humanidad no solamente aprendió a construir máquinas prodigiosas, sino que cambió su propia manera de entender el planeta sobre el que vive y los mundos que lo rodean.

Retrato de Wernher von Braun respondiendo al teléfono.
El técnico (Wernher von Braun)…

Los grandes progresos de la historia terrestre derivan de la capacidad de entendimiento entre los técnicos y los políticos. Cuando las gentes de ciencia desarrollan ideas, pero no cuentan con gobernantes que les hagan gran caso, el progreso se estanca, y los cerebros emigran a otras tierras donde puedan ponerlas en práctica. Cuando los gobernantes comprenden la necesidad de los avances científicos y técnicos, los países avanzan, y se producen escenarios donde se benefician los técnicos, los políticos y la gran mayoría de ciudadanos. Un político es una persona que recibe enormes presiones desde muchos grupos e intereses -no siempre compatibles entre sí- y se le exige que solucione problemas a corto plazo (cuatro u ocho años en la mayoría de naciones civilizadas). Un científico trabaja a veces en proyectos que le ocupan toda su vida, e incluso hay batallas del conocimiento que tardan siglos en ser ganadas, como la lucha contra algunas enfermedades o la determinación exacta de dónde nacía el río Nilo, que fue un quebradero de cabeza para los geógrafos desde la época de los romanos hasta el siglo XIX.

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50 años del viaje del Apolo 11 (I)

Cuerpo estelar Ultima Thule tal como fue fotografiado por la nave no tripulada New Horizons a comienzos de 2019. El sobrevuelo hizo posible comprobar que en realidad, lo que visto desde lejos parecía una especie de cacahuete alargado, no eran sino dos microplanetas que chocaron y se soldaron por los polos. Procedencia: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Southwest Research Institute.
Cuerpo estelar Ultima Thule tal como fue fotografiado por la nave no tripulada New Horizons a comienzos de 2019. El sobrevuelo hizo posible comprobar que en realidad, lo que visto desde lejos parecía una especie de cacahuete alargado, no eran sino dos microplanetas que chocaron y se soldaron por los polos. Procedencia: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Southwest Research Institute.

Este año 2019 ha tenido un comienzo muy prometedor para la exploración del espacio. Las campanadas de Nochevieja casi coincidieron con el sobrevuelo por una sonda de la NASA del asteroide Ultima Thule, allá en el Cinturón de Kuiper, que resultaron ser dos cuerpos celestes fusionados por sus polos tras colisionar en lo más profundo de la noche de los tiempos. El 3 de enero otra sonda, la Chang’e 4, de nacionalidad china, se posaba en la cara oculta -que no oscura- de la Luna. Buena manera de entrar en el año en el que se cumplirá medio siglo de la hazaña del Apolo 11, en la que Madrid y su provincia tuvieron más participación de lo que muchos creen.

Hace medio siglo la civilización industrial logró alcanzar la cumbre más alta (hasta la fecha) de la especie humana con la llegada de dos de sus integrantes, Armstrong y Aldrin, a la superficie de nuestro satélite natural. Un tercero, Collins, a menudo ignorado por los manuales de Historia al uso, se quedó orbitando alrededor en el módulo de mando. Fue una hazaña de tal calibre que ha dejado empequeñecidos otros muchos logros no baladíes, como las distancias -mucho más largas- que han ido cubriendo las sondas no tripuladas, o el elevado número de personas que se han ido enviando a la órbita terrestre en las últimas décadas a lo largo de los programas de la Lanzadera Espacial, la estación Mir o la actual estación ISS, con los que decenas de hombres y mujeres de ciencia han podido disponer de verdaderos laboratorios y puestos de observación allá en lo alto, con posibilidades y oportunidades impensables aquí abajo.

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Juan Carlos Casas homenajea a “la Ferroviaria”, el equipo de fútbol que habría cumplido ahora su centenario

¿Cuántos equipos de fútbol tiene Madrid? La pregunta encierra varias trampas. Si nos referimos al “viejo Madrid” de antes de la ampliación del término municipal, se nos vienen a la cabeza, a todos, dos equipos, los que casi monopolizan las informaciones de la prensa, la radio y la televisión. Si sumamos los pueblos anexionados, nos sale un tercero, el Rayo. Si nos vamos al Madrid-provincia, tenemos otros dos de cierta importancia, el Getafe y el Leganés. Pero en realidad son muchos más, pues hay infinidad de clubes medianos y pequeños en casi todos los barrios y municipios. E incluso los ha habido que fueron importantes en el pasado, pero a los que se habría tragado el remolino de los tiempos de no ser por la labor de algunos cronistas, como el que hoy nos ocupa.

Juan Carlos Casas Rodríguez es un periodista del barrio de Usera que desde hace décadas se ha especializado en dos temáticas: los ferrocarriles y el deporte. La primera de sus dos pasiones le ha hecho convertirse en uno de los mayores expertos del país sobre la historia de la tracción Diesel, y la segunda la ha ejercido muchos años desde las páginas de Don Balón, para fusionar ahora ambos campos de estudio en el libro La Ferro, un equipo madrileño que también fue campeón (SND Ediciones, Buitrago del Lozoya, 203 páginas). Es la historia de la Agrupación Deportiva Ferroviaria, que aparte de un equipo de fútbol tenía secciones de otros deportes y que fue creada en diciembre de 1918 por personal vinculado a las antiguas compañías ferroviarias, de ahí el nombre. La Ferroviaria nació en el distrito de Chamberí, aunque jugó sus partidos de mayor eco social en un campo aledaño al Paseo de las Delicias. Formó parte de la Segunda División, luego de la Tercera, y luego se fue extinguiendo hacia categorías, campos y sedes cada vez más testimoniales. Probablemente nunca superó la pérdida emocional y material de su campo de las Delicias, sobre el que la nueva compañía ferroviaria estatal, la Renfe, edificó bloques de viviendas para sus empleados, y finalmente, en 2007, desapareció de las competiciones tras 88 años de historia en los que sus jugadores y directivos fueron testigos de infinidad de cambios en la sociedad, en la organización burocrática y federativa del fútbol, en la política, en las costumbres y en el urbanismo de Madrid.

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